lunes 27 de febrero de 2012
Como escribir una novela negra
sábado 31 de diciembre de 2011
miércoles 28 de diciembre de 2011
PILLANDO MOSCAS
viernes 23 de diciembre de 2011
SUJETOS
martes 16 de agosto de 2011
UN MAL PRESAGIO
viernes 6 de agosto de 2010
UN PATIO
Me he sentado un rato frente a una ventana desvencijada de tiempo. Se ven algunas estrellas y las ramas de un jazmín envejecido por el paso de los años. A través de los barrotes inertes entra un airecillo viciado por las flores del amalgamado vegetal. Sube un aroma anclado en la desidia de un patio antiguamente olvidado. Una vasija, que yo coloque ahí, marca el centro de una reja que enfoca la libertad de un trozo de cielo oscuro. Hace un calor del demonio sentado en este sillón de skay y rejilla. Las sombras de la noche me acompañan en el piqueteo de las teclas. Quizá esto lo soñé. Tal vez era el sueño que siempre me persiguió. Veo a mi vieja perra paseando por el pasillo, con su movimiento convulso, con su andar de perro viejo. Veo una piscina estrellada rodeada de flores de jazmín caídas. ¿Será que ya no veo nada?. No se nada, no veo nada. Ahora duermo. Ronco sobre la espuma que soñé y que me ahogo el alma.
Mañana me iré. Ya no estaré mas aquí, mañana comenzare añorar la flores del jazmín, la reja que no conduce a nada, la piscina de estrella que quedo en un instante sobre un fondo gris, sobre el recuerdo de una vieja perra caminando los pasillos de un patio olvidado que un día yo rescate.
miércoles 4 de agosto de 2010
ABC
Me han tocado tanto las pelotas, que esta debe ser la última vez.
Noto el calor del ducados quemándome las falanges entre las cuales lo tengo prendido. El tipo que hay frente a mi mira con cara de espanto el desorden de mi pequeño apartamento. Se detiene en la fotografía de un calendario de una marca de aceites para automóviles, donde una chica aparece completamente desnuda y abierta de piernas enseñando su sexo abultado y rasurado. Luego traga saliva. Parece que me oye pero realmente no esta allí en ese instante. – Padre Andrés -, le ingiero, ¿esta usted en lo que esta o aun no ha salido de entre las piernas de la de la foto?. El pobre hombrecillo parece volver en si y clava sus pequeños ojos en mí. Las gafas le dan un aspecto infantil y a la vez intelectual. Tiene hipermetropía, según las arrugas que se le han formado en los confines de los ojos, donde los parpados se unen para formar un surco de edad. Como de vuelta de una pesadilla imposible me repite que me necesita. Su voz es clara y gutural, agradable al oído. Pienso que me gustaría escuchar suplicarme por enésima vez que me necesita, pero mi maldad no llega a tal extremo. - ¿Por qué debería de ayudarles?- y el hombre queda como exhausto ante la idea de repetirme una vez mas toda la historia que minutos antes me ha relatado.
Tengo 43 años, llevo sin ejercer desde hace cinco. El alcohol, el tabaco y un irresistible gusto por las hembras de mi especie, me condenaron a una expulsión clerical, a la excomunión, y a un pequeño antro que no soy capaz de limpiar aunque me lo proponga. Había logrado cierta fama entre el clero, un triste cura de parroquia se había convertido en uno de los exorcistas a nivel medio de la iglesia Católica. Jamás hice un exorcismo, jamás lleve a cabo ningún acto litúrgico que salvase una sola alma. Mi afición a la mente, al carácter enfermizo del ser humano empeñado en buscar explicaciones hizo que me volviese un especialista en resolver los problemas extraordinarios de otros. Yo lo he intentado varias veces en mi persona, pero sin éxito. Quizá la primera vez que me enfrente a, lo que ellos llaman, el maligno, debería haber tirado la toalla, haber vuelto a dar la comunión a las viejas que ofrecían su lengua reseca y desgastada por un trozo de hostia, quizá tendría que haberme quedado con el pan y el vino, haber sermoneado a los hipócritas que expiaban sus culpas asistiendo religiosamente los domingos a misa, quizá. Lo que pasa es que siempre me pierde, me perderá, acudir en auxilio de aquellos que sin explicación se ahogan en la oscuridad de su averno.
A la chica le habían metido tantos mejunjes en el cuerpo que casi la revientan con venenos naturales. Su aspecto era lamentable, su piel se había descolorido y unas escamas ocres habían cubierto los brazos y parte de las piernas. Sin duda aquello era producto de algún tipo de alergia, bien a la mandrágora que habían introducido en su vagina junto a una cantidad brutal de perejil, bien a las decenas de remedios naturales que le habían echo ingerir. Cuando la vi por primera vez me impresiono. Su aspecto no parecía de este mundo, eso añadido a la falta de higiene y a la inflamación de la garganta que le procuraba un tono de voz ronco e ininteligible, conformaban un cuadro patético y medievalista. Sin duda jamás estuvo poseída; bueno si, lo estuvo por el cerdo de su padre. Me puse manos a la obra. Lo primero fue mandar que la lavasen. Era importante recuperar un aspecto más mundano. Les obligue a que cortasen su larga melena, a que le pusiesen ropa limpia, y luego pedí una habitación en la que solo debía de haber dos sillas. Gracias al cielo, nunca mejor empleada la frase, la gente humilde cree aun que los curas somos una especie de enviados divinos. La sotana impone. Así que todo lo pedido fue concedido, y allí me vi, con un ser de unos 15 años, afeitada, con un pijama de muñequitos y sentada frente a mí. Al principio fue el verbo. Aquella criatura no paraba de gritar, de escupir, de soltar improperios. Pero había dado con mala suela, yo me conocía todas las palabras malsonantes del mundo, encima era cura; ella andaba en desventaja.
viernes 16 de julio de 2010
LA CUERDA ROJA
Tengo una cuerda roja. Una línea para atarte a mi cuerpo, para atar tus tobillos, tus muñecas sobre la argolla del cabecero. Tengo una cuerda roja para cumplir mis deseos, una sutil franja para amordazar tu cuerpo. Anudare tus manos, tu cintura. Parare el afán del aire que respiras sobre mi aliento. Tengo una cuerda con la que serás mía y mío será tu cuerpo. Un liquido tejido que rodeara tus piernas, y subirá tembloroso al centro del universo. Poseo la cuerda con la que hacer realidad los sueños; tu vientre extendido, el paso largo del roce de mis dedos, mi aliento en tu cuello, mi deseo en tu espalda mientras palpo tus senos. Tengo la soga con la que atrapar tus suspiros, el hilo con el que ensartar el deseo del calor de los recuerdos; y ahora que lo sabes es mi deseo saber si quieres que la ate a tu cuerpo.







