Tengo una mesa, dos sillas, un sofá que sirve de cama.

Mi revolver siempre está sobre la encimera de una triste cocina que apenas tiene uso.

A veces las puertas no solo sirven para traspasarlas, ni tan siquiera para derribarlas. A veces solo sirven para que alguien al otro lado la golpee con los nudillos esperando que se abra. Brondown Gressieo golpeaba desde el otro lado de la puerta esperando que le abriese aun siendo las dos de la madrugada. Cogí el revolver de la encimera y lo coloque en el cinturón a espaldas  de la camisa que me dio tiempo a ponerme.

Brondown tenía cara de perro pachón. Siempre me recordó al tipo que yo imaginaba que torturo a Jesucristo, si es que Jesucristo existió. Un tipo con aspecto de neandertal que tiene que estar vivo para demostrar la existencia de una divinidad maligna que permite a monstruos como Brondown existir. Llevaba una botella de bourbon en la mano izquierda. Aquello podía suponer una amenaza. Su socio Parker le seguía a dos pasos.

La gente huele mal, suelen oler mal. Brody olía a miedo. Parker ni tan siquiera tenía olor. Les deje pasar con el recelo de que tal vez no saliese de allí. Brody fue el primero en sentarse, su guardaespaldas quedo detrás. Saque tres vasos  y Brondown sirvió tres copas. Aquel grandullon se desaflojó la corbata y yo deje el arma sobre la mesa. Parker me miro con ganas de pegerme un tiro, pero no le hubiese dado tiempo  a disparar. Brody me pareció apesadumbrado, sin duda algo le pasaba. Su voz arranco como la implosión de un cohete, tranquila, firme, peligrosa. Broner- dijo- si tú no puedes ayudarme, no se a quien lo haría. Aquellas palabras no solo me preocuparon, sino que me dieron miedo.

 

 

 

 

 

 

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GOMINOLAS

Se entre abre la boca para dejar escapar un hilo de aire desde lo más profundo, se acercan los labios en un contacto casi húmedo y aterciopelado y las manos comienzan a recorrer la piel que ya se conoce de tantas veces acariciada. Notas el frio del roce en los brazos que, ahora, intentas aliviar, y recorres la espalda buscando algún surco en el que descansar los dedos. Se va tensando el deseo bajo la escasa ropa que cubre el cuerpo, se inunda el momento de pequeños instantes que buscan, hasta encontrar, las gominolas del deseo. Aprietas con los dedos como intentando sintonizar la emisora y se tensa la piel en un dolor placentero que invade el momento. Sientes los tibios labios sobre la prolongación de la locura, el calor aumenta bajo la carne que alivia espasmos. Una ligera danza busca la manera de infiltrar los dedos en la lava del volcán que a punto esta de estallar. Piel que roza gominolas, liquido deseo que ocupa una boca. Después el ardor que produce el roce y mas roce hasta caer rendido el cuerpo con el deseo de que el deseo estalle de nuevo. 

FUEGO


Fuego son los ojos de mi niña cuando me mira de mañana. Fuego es su sonrisa cuando llego a casa. También es fuego lo que me une a ella, lo que me ata a su carita asiática. Fuego es lo que siento en el pecho por las personas a las que quiero, lo que me enlaza como un hilo invisible a los seres que amo y me aman. Fuego es un ardor continuo que me conduce a una locura dulce sobre la que me vierto; el fragor del empeño que pongo porque nunca se apague el fuego. Fuego es lo que cada día me despierta, lo que me impulsa a seguir en esta batalla estúpida que cada momento esgrimo. Fuego son mis venas empuñando una espada ante quien quiera probar el fuego de mi hierro. Pero sobre todo, el fuego siguen siendo los ojos de mi hija cuando me miran fijamente por la mañana.