jueves, 28 de abril de 2016

EL EDÉN DEL JARDÍN

Las putas del jardín del Edén no supieron que lo eran hasta que encontraron restos de pelo de cabra sobre sus enormes culos grasientos y manoseados. Puede que un instinto básico, puede que un amor trasnochado, y el eminente olor a cabra impregnando cada poro de sus pieles, ya ajenas, sumisas y olvidadas.
Las putas del jardín del Edén, ausentes de su realidad, seguían danzando esa danza macabra de quien no se dio cuenta, de quien no presto atención a los excrementos sobre los que andaba, y así, aquellas putas viejas, anhelantes de tiempos en los que se consideraban solo artífices del deseo visual de un cuadro, comenzaron a formar parte de otra pintura mas equivoca, más inusual y repulsiva.
Las putas del jardín del Edén, bailan al son de lo que ellas creen una maravillosa danza normalizada entre el almizcle y el pelo de cabra.
Pero vuelta a Edén, todo son cabras, todo putas que bailan al son de un hedor mezclado a salitre y pan rancio, a pelo y sudor de caprino en verano.

Qué suerte, que gran suerte, no ser cabra, ni puta, ni corpóreo como la vida misma.

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